No molestar a Angélica Liddell

Calificación: *****

¿Para qué ir al psiquiatra si uno puede comprarse una entrada para un espectáculo de Ángelica Liddell y salir hecho un toro? Nunca mejor dicho. Nunca ante un espectáculo como el que vino a presentar a Sevilla, al Teatro Central, había salido de un teatro con una sonrisa más esplendorosa. Deberían recetar Liebestod en el SAS para espíritus languidos, acobardados o superados por las circunstancias.

La artista de Figueres traía a la casposa/gamberra Ciudad de los Toreros su canto a Belmonte bajo el título de Liebestod. Uno se esperaba algo transgresor y sin lugar a dudas la artista cumplió con las expectativas de los más resistentes. Pues su espectáculo fue un canto a la autodestrucción, al amor, a Dios, a la muerte, al dolor y a la locura, principalmente, lo que tomado así por separado suena a muy ambicioso para una sola persona sobre un escenario durante dos horas.

Básicamente Angélica unió al suicida Belmonte y a Wagner en Tristán e Isolda para inmolarse interiormente y de paso sangrar un poco, literalmente y físicamente mediante autolesiones. El misticismo limita con el suicidio. Dicho en palabras no suele conmover pero con una canción de las Grecas a toda pastilla y la sangre cayendo sobre la madera suave y limpia del vanguardista teatro, en una noche con ínfulas de dantesca en el exterior, supuso la salida de varias personas con bajadas de tensión o algo parecido. La cosa iba bien para hablar de lo que quería hablar.

Entre esa escena que remedaba algo parecido a una mujer maltratada al borde del suicidio intercaló algunas sentencias del torero más místico e incluso tarareó alguna letra flamenca en los guiños más localistas a la tierra que pisaba. Cerca de La Alameda y de Triana, donde el Pasmo conoció la gloria del pitón a pocos centímetros de la taleguilla.

Con un diálogo memorable con un toro disecado de testigo, al que le seca las lágrimas también agarró el micro y se puso a sacar las vergüenzas de su vida y de la de todos. Se despachó con el respetable al que convirtió en un personaje parisino que tildó de burguesito, indolente, esnob y todas los improperios que puedan imaginarse. Y dejó bien clara una cosa: odia que se la moleste tras las actuaciones. No busca el elogio barato. Está al margen. Odia casi a su público. Lo cual paradójicamente gusta más en ese juego a su propio público.

Un toro o vaca abierta en canal desciende de una cadena de la parte superior de la escena y la imagen es tan grandiosa, tan impactante que dan ganas de aplaudir, hay que ser muy artista, muy místico o estar muy loco para ponerse frente a un semidiós a portagayola y con su discurso Angélica se ganó el precio de la entrada, redondeó su faena marchándose con un indígena africano a cazar leones. Porque el amor siempre triunfa. El amor y la muerte, casi una misma cosa, se tocan siempre por los extremos.

Texto, dirección, escenografía, vestuario ANGÉLICA LIDDELL Con ANGÉLICA LIDDELL, BORJA LÓPEZ, GUMERSINDO PUCHE, PALESTINA DE LOS REYES, PATRICE LE ROUZIC, EZEKIEL CHIBO y la participación de figurantes

Coproducción: Ntgent.

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