Lole y Manuel viven

Pareciera que estábamos en una suerte de conjuro. Como si por arte de magia hubiésemos viajado en una capsula del tiempo a cualquier año de 1970 y se pudiera prender el espíritu de entonces con las manos. Sonaba como en una bandeja de fantasía el ‘Todo es de color’ y un silencio espectral, sólo roto por la impertinencia de los sonidos de algún móvil, confabulaban a favor del déjà vu. La magia existe, doy fe. Anoche la vivimos. Muéranse los duendes. Fue pura reencarnación.

Si uno cerraba los ojos podía sentarse en la parte delantera de un Supermirafiori o de un Seat 127 y viajar en medio de olivares mientras escuchaba a aquella pareja que nos introdujeron la posibilidad de un universo hippie calorré-andalusí hace ya cinco décadas, que el tiempo pasa rápido.

La transposición ocurrió en el extrarradio macareno de la ciudad del rey Al Mutamid lleno también de crestas, tatuajes y piercings, edificios altos y garajes como la escena underground de aquella Transición. Cantaba Lole Montoya y se apareció entre nosotros, en forma de espíritu, el hombre que planteó el enigma del nuevo tiempo: ¿Aquí cuándo coño se dice ole?

Los más no se atrevían a jalear porque el sonido era perfecto y aquella mujer que frisa los 70 años y tiene orígenes morunos en sus zapatos cantaba como un ángel recién manifestado en carne y hueso, sin ningún atisbo de cansancio, ni de estar fuera de forma, fuera de compás o fuera de circulación. Todo un milagro. Todo un acontecimiento suprasensorial y sin pirulillas de entonces de por medio.

Además el milagro se iba haciendo más corpóreo y real cuando el himno comenzó a tomar vigencia; «Señor de los espacios infinitos…», en una sala atestada hasta los mochos, en una noche de fútbol, repleta de jóvenes, digo, con todo quisque de pie y la barra más tranquila de lo normal ante la estupefacción general. Lole Montoya estaba cantando con la voz de milnovecientos setenta y pico. Increíble. Ni un ay fuera de lugar, ni un gallo. Pareciera un play back pero no. Era real. Aplausos debidos también a la sala y al guitarrista compañero.

La poesía de Manuel Molina hizo el resto. Sonó ese himno pero también lo hicieron las gotas de ambrosía que manejan los bardos lorquianos de barba tupida como aquel. Hijo secreto de Al Mutamid acodado por los siglos en la barra del Mantoncillo.

«Dime, dime, dime
Si has cortado alguna flor
Sin que temblaran tus manos».

Y la cosa se fue por aires de Cádiz y vino la mariposa y se nos posó en el alma y nadie quiso con alfileres clavarla sobre cartulinas negras y que por nada del mundo esa noche de lluvias esporádicas fuera una más con un encanto de naturalezas muertas. Y era la pura floresta la Sala X y no había guerras. Se fue quedando queda y somnolienta la medianoche con un cante en árabe de Lole Montoya. Y el viento se fue a darle besos a aquellos niños que duermen bajo el fuego de las bombas, diciendo que Señor de los espacios infinitos, tú que tienes La Paz entre las manos. Derrámala Señor te lo suplico y enséñales a amar a mis hermanos.

Ciclo Flamenco SYNC

Sala X. Sevilla

Aforo: Lleno.

Cante: Lole Montoya.

Guitarra: José del Valle.

Valoración: *****

*Lo prometido es deuda, Migué.

*Foto: Javi Eldelalena.

2 Comentarios
  • Javi Eldelalena
    Publicado en 18:01h, 19 enero Responder

    En youtube no suena Lole mejor que anoche. No se me ocurre mejor piropo

    • Francis Mármol
      Publicado en 00:11h, 28 enero Responder

      Qué buen rato pasamos.

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