27 Nov Medea: Mito y película, pero también realidad
La siguiente crítica fue realizada por la alumna Lucía Villalba Balibrea del IES Murillo de Sevilla en una actividad de clase alrededor de la película ‘Medea’ de Pier Paolo Pasolini en su relación con el mito de Eurípides.
La historia de Medea es una que lleva milenios siendo contada, desde que comenzó el mito,
pasando por la famosa obra de teatro de Eurípides, hasta llegar a esta película. Es una
narración sobre el dolor, la ira y principalmente la venganza, sobre lo que ocurre con el
choque de dos mundos totalmente opuestos. Vemos en la gran pantalla a una mujer que al
ser abandonada por su amado, entra en un descenso a la locura tan grave que decide que
la única solución es hacerle sufrir tanto (o más) de lo que ha sufrido ella, y que para realizar
esto asesinará a su prometida, y lo más impactante, a sus propios hijos.
Los espectadores nos llevamos las manos a la cabeza “¿cómo puede haber una maldad tan
grande? ¿Cómo podría alguien hacer esto?” olvidando que estos relatos no existen solo en
la ficción, y que estamos acostumbrados a ver en los noticiarios a un hombre que mata a
sus hijos y después se quita la vida, con tal de generar el mayor dolor posible a su expareja.
Tan solo en abril de este año, ya se contaron con 7 niños muertos a manos de su padre. Lo
que nos cuenta Pier Paolo Pasolini ahora, y en su época Eurípides, no es nada que no esté
“normalizado”, por desgracia, en nuestra sociedad (con la diferencia que en esta historia de
la Antigua Grecia, la malvada arpía que arruina la vida de un héroe es, cómo no, una
mujer). Aun así, al ver la cinta, las últimas escenas en las que le quita la vida a sus
pequeños, se nos ponen los pelos de punta. Será porque estamos viendo más de cerca esa
violencia, pero el caso es que el director hace un gran trabajo en reflejar la verdadera
tragedia que es este suceso, lo que nos ayuda a dejar ver los asesinatos de chicos y chicas
inocentes como una noticia más, en cambio como un espanto igual de terrible que el
reflejado en la secuencia. Desde luego, Pasolini supo trasladar a la gran pantalla el mensaje
de violencia y amargura que ya había escrito Eurípides.
Al adaptar una obra existente al cine, siempre se corre el riesgo de cometer dos graves
errores: hacerla tan exacta al material original que la película no aporta nada nuevo, o
hacerla tan diferente que pierde toda esencia y habría sido más útil crear una historia
completamente nueva. Pero el director consigue encontrar un punto medio, en el que retrata
el relato ya conocido mientras se permite algunas libertades y darle nuevos matices que
expanden la película y su mundo.
Esto lo podemos observar en los vestuarios, tan lejos de las vestimentas habituales de ese
periodo, pero se podría argumentar que es lo mejor de la película. La indumentaria es
colorida, recargada, con mezclas de telas y patrones, e indudablemente extraña. Piero Tosi,
el director de vestuario, consigue reflejar ese mundo confuso y bizarro de brujería en el que
vive Medea, en contraste al mundo racional de Jasón. Si nos fijamos, mientras que Medea
porta siempre ropajes extraños y llamativos, Jasón suele utilizar prendas más simples, otra
de las muchas muestras de que sus universos son completamente distintos.
Pero este no es el único recurso que utilizan para representar estas diferencias en la forma
de ser, sino también en la escenografía. Los planos están muy cuidados, en muchas
ocasiones simétricos, pero grabados con una cámara en mano temblorosa, lo que podría
representar el modo de vida estable de Jason versus el inquietante de Medea.
También utilizan la música para mostrarlo, la banda sonora estando inspirada por las
canciones de tribus primitivas. Sin embargo, en la mayoría de las ocasiones solo se
escucha la música cuando hay alguien que la crea, ya sea un solo chico tocando un
instrumento o un pueblo realizando alguna tradición. Esta decisión genera una impresión de
vacío, de que falta algo en la película, lo que provoca que el espectador no se termine de
introducir en la trama. Hacia al final, hay una escena en la que Medea cuenta su plan, y esta
vez sí que está sonando la banda sonora de fondo, y esto crea un ambiente intrigante,
ansioso y cautivador que permite que te sumerjas en la historia, y no pude evitar darme
cuenta de que este efecto faltaba en el resto de la obra, que se sentía lejana.
A ese sentimiento de vacío del que he hablado antes, también se suma la interpretación de
los actores de reparto, pues varios dicen sus líneas sin emoción alguna, como si fuera la
primera vez que la leen de un folio. Esto es un fallo terrible: que en una película en la que
no hay demasiados diálogos, estos no sean actuados de la mejor manera. La falta de
diálogos en sí no molesta, porque el director consigue transmitir lo que quiere a través de
las imágenes y las expresiones de los protagonistas, lo que, por cierto, no es nada fácil.
E, igualmente que critico estas actuaciones, debo alabar la de los protagonistas. Nos
encontramos con una Maria Callas espectacular, quien interpreta a este personaje ya
conocido en ella por la ópera a la perfección. Con una sola película en su carrera de actriz,
demuestra todo lo que debía, y supera todas las expectativas, con una interpretación tan
natural que parece que nació para este papel. También brilla Giuseppe Gentile, el deportista
olímpico que interpreta a Jason. Aunque su personaje es más simple, en ningún momento
se hace aburrido verle en escena, y su gran actuación es todo un éxito para alguien cuya
profesión está tan alejada al mundo del cine, el atletismo. Al igual que Callas, esta es la
primera y última película que hizo, y realmente me pregunto por qué Pasolini decidió
contratar a dos personas tan alejadas del mundo del cine para estos roles, aunque fue una
buena elección.
Son las decisiones arriesgadas que de alguna forma funcionan lo que forman la esencia de
este largometraje: la banda sonora, los escenarios, los vestuarios, los pocos diálogos y lo
confusos que son… Todo esto forma una obra única, en momentos incomprensibles y que
en ocasiones falla, pero que logra sostenerse como una película digna de su estatus de
culto.
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