Walt Disney igual que Günter Grass

Alfaguara publica ‘La estatua’, un opúsculo inédito del autor del Tambor de Hojalata que lo convierte en una suerte de Don Juan en el más allá

Igual que el creador de la maléfica reina de Blancanieves, el escritor polaco va a caer rendido ante la belleza de Uta de Naumburgo

La historia del nuevo y brevísimo libro de Günter Grass (‘La estatua’, apenas 60 páginas) va a dar qué hablar más allá de los foros puramente literarios y seguro que incluso aumentará el turismo en la Alemania oriental alrededor de un icono femenino como la escultura de Uta de Naumburgo. En este penúltimo brindis del escritor polaco lo encontramos recurriendo a esos accesos de fantasía que todos celebramos en el Tambor de Hojalata, donde la sucesión de hechos mágicos y grotescos no son exactamente tan desarrollados pero sí presentes a grandes pinceladas en una prosa enternecedora, con la nostalgia del pasado en la boca, donde sale a relucir su esencia de prestidigitador y su debilidad por la belleza femenina y por el enigma de esta en concreto.

En este caso, Grass va a tirar de un tópico literario como el convidado de piedra y a va a sentirse enamorado de una estatua bien conocida por todos los alemanes: la mencionada Uta de Naumburgo, que vivió sobre el siglo XI. Esta figura la va a descubrir en una gira de lecturas por la RDA en los ochenta. En este caso, en el libro, se hará carne como la hija de un escultor, que sirvió de modelo para la misma, a la que invitará a cenar y seguirá viendo en sucesivos viajes por el mundo. En una suerte de obsesión por un personaje que en la realidad histórica medieval tuvo mucho de enigmático, viviendo poco y muriendo joven acusada de brujería.

Para situar a impropios, la Uta de Naumburgo, a la que dedica este desgarrón de su autobiografía convertido en libro, fue descubierta por él mismo en ese tiempo en el que ya era un autor reconocido pero el hallazgo de tal magnitud le llegó tanto que pensó en dedicarle un espacio como una de sus tentaciones inconfesables, suponemos, en sus memorias. Fragmento que desechó luego y que ahora valen, estas páginas, para formar parte de este opúsculo en que mantiene su extraordinaria naturalidad en la escritura mezclada con esa capacidad de hacer fantástico lo real. Enamorarse de una piedra preciosa.

Diferencias sociales

Así como si de un Don Juan se tratara va a repasar la esencia de la Alemania antes y después del Muro de Berlín a partir de una mujer que se le aparece en múltiples y variopintos escenarios, muy mundanos, casi lumpen, para aumentar su vitalidad y sus ansias de encontrárselo aunque no llegue a echarle el lazo físicamente. Las diferencias sociales y económicas de un lado y otro del Telón de Acero van a estar presentes en el dibujo de los escenarios por donde van a moverse como otro personaje muy interesante.

Si Grass la mantiene como un oscuro objeto de su deseo, irrealizable pero irrenunciable, en una suerte de amor cortés, la efigie real de piedra sí que sigue hoy en día inhiesta y seductora junto al grupo de los fundadores de la catedral, en una capilla de la misma, sin haberse quitado de encima el halo de atracción pues la historia anterior al escritor polaco ya se había encargado de formarlo. Así, en el siglo pasado van a ser los nazis los que catapultaron su figura como belleza aria, lo cual dijo mucho en su contra durante un tiempo aunque tampoco ahora haya acabado por olvidarse o pueda incluso recuperarse de nuevo, en ese viaje a las esencias nacionales en la que andan muchos de los estados europeos y sus nuevos movimientos ultras.

Es cierto que la figura real de piedra policromada guarda un gesto impropio de dinamismo y expresividad maléfica o cuanto menos intrigante con esa mano que levanta su capa, para ocultar su rostro quizá. Mucho simbolismo para una mujer de aquel tiempo de tinieblas. Perfilándose ya tal vez para ser una femme fatale moderna que engatusara a malos malísimos y a tiernos juglares como Günter Grass.

Atípica figura

Esa tan atípica figura de piedra fue representada dos siglos después de su existencia en carne y hueso para estar junto a otro grupo de seglares nobles que fueron los promotores del primigenio gran templo de esa zona de la Sajonia. Algo también extraño en una iglesia del medievo donde habitualmente cunden los santos, vírgenes y cristos. Se tiene entendido que Uta, el deseo irrenunciable de nuestro Premio Nobel, se casó con Ecardo II que acabaría heredando el Imperio y defendiendo sus fronteras, sin suerte en el plano personal de la descendencia y en el de acabar con la rumorología de bruja de su esposa.

Esa estela de personalidad y belleza poderosa engatusó, como he dicho antes, a los propagandistas del Tercer Reich y no se sabe bien si por animadversión a los mismos, el también alemán Walt Disney se inspiró en ella para que fuera el prototipo del papel más malvado de cuantos han podido darse en uno de sus grandes clásicos: Blancanieves. Así las cosas, Uta ahora es más Grimhilde que la vieja estatua a la que Günter le dedica tanta devoción en su juego de perversión extemporánea.

Esta crítica apareció publicada en La Opinión de Málaga el 1 de febrero de 2025: https://www.laopiniondemalaga.es/libros/2025/02/01/walt-disney-igual-gunter-grass-113895446.html

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