Ojalá una solución a Crimea como la de Iphigénie en Tauride

Calificación: ****

El teatro de La Maestranza recibió una nueva gran producción operística que no dejó indiferente a nadie. Cabe resaltar por encima de todo que la calidad musical planteada en Iphigénie en Tauride fue sobresaliente. Tanto voces como todo lo que salía del foso de la Real Sinfónica de Sevilla puede colocarse entre las mejores propuestas escuchadas en la capital hispalense en los últimos meses.

El tema también contó con elementos que estaban de actualidad como reambientar la trama clásica de la historia de Agamenón, Orestes y sus hermanas en plena guerra actual de Ucrania y dejar resuelta de manera muy cándida la difícil situación que presenta este conflicto norteño. Ojalá Putin y Zelensky de la mano con un final made in Trump. Pero quizá hay una distancia insalvable que no tenían Iphigénie y su hermano, el parricida. Un amor congénito intuitivo.

La cuestión es que la ópera de Gluck se presenta con bastantes giros de guion, es una historia de enredos e intervenciones contínuas de los dioses, como para que el espectador que no ande muy concentrado se pueda perder. Además la música, aunque ejecutada con maestría y una elegancia superior, pasa por muchos momentos de monotonía. No ayuda que la escena pueda estar ambientada en un lugar muy conocido como el bombardeado teatro de Mariupol, pues se hace también pesado y demasiado poco dinámico que los actores, muy fornidos guerreros de gimnasio, cambien poco de fondo de escenario sobre unas escalinatas que acaban por ser más muro que otra cosa.

El caso es que Eurípides vuelve a estar presente con su ineludible intención de humanizar a los dioses y colocar a los humanos como ya dueños de sus designios, como en Medea, y así tenemos que Iphigénie se niega a sacrificar a su hermano, pese al decreto del Olimpo, y que ha matado a su madre en venganza por haber esta planeado la de su padre con su amante, Egisto.

Hay que recordar que Iphigénie en Tauride fue la última gran obra del maestro alemán, se estrenó en París en 1779 con libreto del francés Nicolas-François Guillard. Se dice que fue un encargo del director de la ópera parisina que hizo simultáneamente a Gluck y a Piccinni, intentando fomentar la rivalidad entre ambos. La del alemán fue un éxito desde el primer momento mientras que la del italiano pasó sin pena ni gloria.

La que vimos la semana pasada es una producción internacional del Teatro de la Maestranza, con la dirección escénica de Rafael R. Villalobos, uno de los más reconocidos profesionales de Sevilla en la escena mundial, y la batuta de la griega Zoe Zeniodi, una de las mujeres que más brilla en la dirección de orquesta. Regresaba a nuestro escenario la mezzosoprano Raffaella Lupinacci, que fue muy aplaudida, como todo el elenco.

  • Dirección musical: Zoe Zeniodi
  • Dirección de escena y diseño de vestuario: Rafael R. Villalobos
  • Diseño de escenografía: Emanuele Sinisi
  • Diseño de iluminación: Felipe Ramos
  • REPARTO
  • Iphigénie: Raffaella Lupinacci
  • Thoas: Damián del Castillo
  • Oreste: Edward Nelson
  • Pylade: Alasdair Kent
  • Diana / Primera Sacerdotisa: Sabrina Gárdez
  • Segunda Sacerdotisa / Una mujer griega: Mireia Pintó
  • Un escita / El Ministro: Andrés Merino
  • Una Sacerdotisa: Julia Rey
  • Clitemnestra: Beatriz Arjona
  • Agamenón: Nacho Gómez
  • Coproducción del Teatro de la Maestranza, la Opera Ballet Vlaanderen y la Opéra Orchestre National Montpellier.
  • Real Orquesta Sinfónica de Sevilla
  • Coro Teatro de la Maestranza
  • Director: Iñigo Sampil
  • AFORO: Tres cuartas partes.
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