05 Abr Un cantaor existencialista llamado Manuel Alcántara
*Foto publicada en Diario Sur/ Texto Francis Mármol.
De los ocho poemarios principales del columnista y poeta Manuel Alcántara (Málaga, 10 de enero de 1928- Rincón de la Victoria, 17 de abril de 2019), deberíamos convenir que una parte importante, por lo menos una de gran calado sentimental, está escrita en octosílabos, en soleás y coplas, como gran parte de la letrística flamenca y buena parte de la lírica popular española. La más cantable. De esta cuestión no insignificante debemos deducir que en Alcántara pudiera haber una intención de ver cantadas sus composiciones, que en parte se ha cumplido, y que en parte nos anuncia un camino machadiano, por recorrer, que dice que: «Hasta que el pueblo las canta, las coplas, coplas no son».
Y no son solo las formas estróficas las que invitan al acompañamiento de una guitarra sino que el Niño de calle Agua se asoma a temas tan íntimos como la muerte, la pérdida, el olvido, la nostalgia o el amor con figuras literarias como la antítesis, la paradoja, la personificación o la metáfora desde una sencillez y a la vez un impacto en la imagen generada, en el juego de palabras o conceptos, muy en consonancia con el abrevadero jondo.
Si hacemos una análisis panorámico a su no muy prolífica producción poética (desde 1955 a 1992, con un parón de veinte años intermedio, y otro postrero) también observamos claramente que su tono es naturalmente nostálgico, descreído, desesperanzado y emotivamente triste, en general. Propio de un niño español de la posguerra. Del existencialismo de su generación desarraigada y del alejamiento de su territorio más querido; Málaga. Esto se presenta en clara bipolaridad con el Alcántara más sociable, el periodista, enérgico, vital, divertido y ácido. Buscándose el pan de cada día en alrededor de 50.000 artículos.
Partiendo de que la poesía representa su lado más íntimo, sintético y dolido con la vida, tenemos que el existencialismo, como corriente de pensamiento individualista y descreída, es realmente el sello de identidad de Manuel Alcántara en su fabricación de versos. Si acudimos a algunas de sus estrofas más célebres o al menos a algunas que llaman poderosamente la atención, cabe afirmar que estamos ante un poeta con mucho de flamenco por sus formas y sobre todo por su fondo, Muy machadiano, en lo mucho de Antonio casi más que de Manuel. Muy próximo al sentir del cantaor clásico; un ser zarandeado por la realidad y sus dramas, sociales y personales.
A esto se une que tenemos que sospechar, con visos de acertar, que sería un esporádico espectador en alguna que otra noche madrileña de los 60 en Villa Rosa, Los Canasteros o el Corral de la Morería, (ciudad en la que trabajó en los años principales de su madurez) oyente de discos flamencos o recitales de ese tiempo, y después en Málaga, y en general un buen catalizador del sentir musical del pueblo andaluz que él debía traer de casa desde su barrio natal de la Victoria en Málaga.
Así sorprende leerle en unas de las primeras composiciones de su segundo poemario, su ya célebre inicio de canción en El embarcadero (1958): Por la mar chica del puerto/andan buscando los buzos la llave de mi recuerdo. En un alarde de imposibilidad de recuperar aquella memoria sin tristeza. Aquel «niño extraviado en mitad de la calle», que también diría. Algo muy de la angustia extendida a mediados del siglo pasado (Primero por Kierkegaard y Nietzsche y que luego recogerían sobre todo Sartre y Camus). Esta influencia no es ajena al flamenco, que antes incluso que aquellos pensadores ya había canalizado sentimientos parecidos en soleares como monumentos a la desorientación del individuo: Fui piera y perdí mi centro/ y me arrojaron al mar/ al cabo de mucho tiempo/ mi centro vine a encontrar (soleá de la Serneta).
Este sentimiento de pérdida o desnorte también ocupó a poetas de su generación madrileña como Claudio Rodríguez, Francisco Brines, Caballero Bonald o Félix Grande (estos dos muy flamencos). Pero es precisamente José Ángel Valente el que también ahondará en un ensayo (La piedra y el centro) sobre el significado de esta soleá de la Serneta para irse incluso hasta San Juan de la Cruz con unos de sus comentarios al Cántico espiritual: «cuando la piedra se va más llegando a su centro».
La tristeza asoma en otro cuerpo de estas primerizas canciones escritas por MA: «A la sombra de una barca/ me quiero tumbar un día/ echarme todo a la espalda/ y soñar con la alegría«. Que si queremos nos puede recordar al conocido martinete-toná cantado por Agujetas: «Yo no soy quien era/ ni quien debiera de ser/ soy un mueble de tristeza/ arrumbaito a la pared». Rimando muy bien con el tono de entrega a los vaivenes dolorosos en la vida de Alcántara.
Otro sentimiento paralelo a la huella jonda está en su figurada ‘pelea’ con Dios, que también podemos ver en esta letrilla: «Si otros no buscan a Dios/ yo no tengo más remedio/ me debe una explicación«. O aquel otro: «No digo que sí ni que no/ digo que si Dios existe/ no tiene perdón de Dios«, en una línea reclamatoria que se aproxima mucho a esa soleá del Pele-Caracol: «Déjame solo esta tarde/ que quiero hablar conmigo/ y tiene Dios que escucharme» o la de la letra de Joaquín el de la Paula: «Es verdad que yo tenía una quejita grande con Dios/ que a lo que a mí me ha mandao/ no me lo merezco yo».
Siendo más valiente, o cariñosamente blasfemo, que los flamencos, su agnosticismo parece que reluce en su más que clara canción 4 de El embarcadero cuando dice contra una posible resurreción: «Cuando termine la muerte/ si dicen a levantarse/ a mí que no me despierten« que sin ser lo mismo, emparenta con esa letra por seguiriya que un día escuché ensalzar a Felix Grande como epitafio sublime de la lírica popular: «Cuando yo muera te encargo/ que con las trenzas de tu pelo/ me amarren las manos».
El hastío por vivir es habitual en todos los poemarios de Alcántara. Va a dejarlo dicho en otros versos de este poemario con tantas soleás: «Bajamar de la desgana/ las olas cerca de mí/ yo lejos del agua clara«. Tiene su parecido en otra letra flamenca muy conocida, escrita como malagueña por Manuel Machado, el hijo de Demófilo: «A la orillita de un río/ me pongo a considerar/ mis penas son como el agua/ que no acaba de pasar».
El mar va a ser ese gran paisaje que va a servir como metáfora de lo imposible, inabarcable, de lo inasible, lo ignoto o la impotencia. Muchas veces de su nostalgia de hogar materno. Otras como aquí, un viejo desconocido. «No sabe el mar que es un naúfrago/ sin reloj y sin amigos/ el mar flota sobre el mar/ ni complice ni testigo/ ensimismado en su azul/ y ajeno como Dios mismo». Testigo siempre de sus pensamientos tristes de domingo. En ese lugar de La Cala del Moral que era casi un faro al mar de Alborán.
No le va a la zaga la copla que escribió su paisano sobre estas aguas, El Chino de Málaga, que la creo y la difundió con más amor que reproche hacia ese espacio de infinitud: «Desde mi ventana se divisa el mar/ que bañan las playas de mi libertad/ y una letanía se oye a lo lejos/ es la voz de un niño que le dice a un viejo/¿de quién es la ola?/ ¿de quién es el mar?/ ¿de quién es la espuma?/ ¿y de quién la sal?«. Ese niño jugando en la playa despreocupado también será Alcántara muchas veces. Ajeno todavía a un mundo bombardeado.
Para cerrar esta pequeña comparación de las letras del poeta malagueño con el caudal flamenco podemos apostillar que él mismo se convierte en metáfora cantaora en los siguientes versos: «Yo no tengo madera/ de santo ni de barca/ (Cuando yo me haya ido/ -qué triste que me vaya- de esta madera mía que hagan una guitarra.)». Con lo que dejaba bien claro su aspiración musical, reguero de coplas que todavía tienen tiempo los flamencos de usar.
El encuentro feliz con Mayte Martín

Sin querer entrar más en sus numerosos parecidos en sentir y formas flamencas, los versos de MA también tuvieron su conversión definitiva en flamenco con el espectáculo Cuando llega la noche el 10 de septiembre de 2007 en el Pantano del Conde del Guadalhorce, que dio lugar luego al disco Al cantar a Manuel (especie de palíndromo maravilloso) de la cantaora Mayte Martín.
Recuerdo con cierta nitidez el día que el director de la Bienal de Flamenco de Málaga de aquel año, José Luis Ortiz Nuevo me preguntó, cuando trabaja a sus órdenes, qué me parecía la poesía de Manuel Alcántara y yo, ignorante de mí, no supe halagarla. Por puro desconocimiento. Conocía al periodista obviamente pero no al ganador del Premio Nacional de 1963. Pensé que era un autor descatalogado. Como si la buena poesía perteneciera a alguna época. No fuera eterna. «Sus poemas son directos y con su poesía me siento identificada», la bendijo Mayte.
Menos mal que al mejor de los directores artísticos que ha tenido el flamenco no le falló su olfato y supo ver mejor que nadie que esas dos vidas (la de MM y MA) tenían mucho en común. En cierta manera emigrantes, de primera o segunda generación, y en cierta forma transidos por una nostalgia congénita o sobrevenida. Mayte Martín hacía poco que había perdido a su madre. Unidos por un sentimiento de hastío con la vida. Me consta que la noche del maridaje. Noche mágica donde las haya, el poeta salió con el alma henchida de aquel paraje de ensueño. Con un sueño cumplido. Y con muchos espectadores que lo custodiaban llorando a su alrededor de emoción.
El análisis de los poemas musicados por Mayte Martín responde a una búsqueda en sus poemarios últimos. La cantaora catalana se decantó sobre todo por poemas de Este verano en Málaga (1985), una siete canciones, por el libro La misma canción (1992) o Anochecer privado (1983) y algún tema más recogido en su entregas de 1984 de Sur, paredón y después, con las más antiguas de Carnet de identidad contenida en Ciudad de entonces 1962 y el himno con el que abre el disco, Por la mar chica del puerto, que ya estaba en su segunda entrega de El embarcadero como ya hemos repasado. (Creo sinceramente que este disco deberían incluirlo como regalo en una canastilla del Materno de Málaga con cada nuevo neonato).
Vemos así como su espíritu lírico sigue estando en sus últimas publicaciones y fue muy bien visto por Martín, que saboreó aquel concierto en una noche de viento memorable, que algo deslució pero que no restó impacto ni emotividad, a ella por el reencuentro con sus raíces y porque además tuvo al maestro recitando en la primera parte del mismo. El recorrido por escenarios que luego ha tenido este trabajo lo avala como un encuentro antológico de lo jondo y la poesía.
Martín sin embargo no introdujo apenas formas clásicas flamencas en lo musical (apenas unas alegrías y unas bulerías y mucho tango, bolero y coplas) y por ello tuvo que soportar el vómito, hoy vergonzante, de algún crítico purista que llegó a escribir para desprestigiar el hallazgo; «Las mariconadas en palacio». Yendo mucho más lejos y cayendo mucho más bajo de lo que nadie debería leer nunca en un periódico sobre un acierto artístico inapelable. Personalmente creo que gran parte de la musicación del mismo, con ese violín maravilloso por encima de todo, lo hacen estar entre los diez mejores discos grabados por un flamenco en la historia de este género.
Anécdotas y consideraciones subjetivas aparte, la cantaora sintió como pocos la muerte de Alcántara hace ya un lustro y dedicó unas palabras en prensa al autor con una trascendencia inesperada para algunos: «La poesía de Alcántara no tiene nada que envidiar a la de Lorca». Y con ello venía a subrayar el acierto del rescate de este periodista para los poetas y del poeta para los plumillas más avezados. Y la necesidad en el flamenco de salir de los lugares comunes.
Alcántara por su parte también bendijo el encuentro y cerró el signo de su poesía para ser cantada: «La poesía está para describir sentimientos, para conocerte a ti mismo, para alumbrar la vida, pero su objetivo no es nada jocoso. La poesía es indefinible». Sentenció el mejor de los cantaores existencialistas.
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