09 Abr «Ya es hora de que Sevilla tenga un cartel de la Bienal hecho por un gitano»
Son cerca de las 12 del día y en Lastresmil el tiempo tiene otra mecánica, por suerte. Dibuja un sol fulgurante la silueta de la Factoría Cultural como una Pedrera de sal desgajada de algún planeta lejano en medio de tanto desamparo titulado con el sarcástico nombre de Las Vegas. Es el Día Mundial de los Gitanos pero pareciera otro día más en un lugar que no fuera España, ni siquiera Europa y sin embargo es Sevilla, donde han sembrado banderas gitanas en las glorietas pero todo el mundo sigue siendo racista de puertas para adentro.
En el interior de su sinuosas paredes, las de la Factoría, la isla más utópica de Andalucía, está Manolo Gómez, pletórico, enseñándoles a unos amigos o familiares que aquello es verdad, que acaba de inaugurar, en una videollamada que no acaba de recoger bien, seguro, la magnitud de la pequeña conquista y el valor inefable de su epopeya. Un pintor sevillano vivo, flamenco, gitano, (de El Coronil) está expuesto con una sobresaliente muestra de su talento en un espacio expositivo de la capital hispalense. Hasta finales de mayo. Hito, que los periódicos han pasado quizá de reflejar. Más interesados como están ahora en dar respuestas, o hacer propaganda política, que en hacer preguntas a gente interesante como un artista.

Este gitano inmenso de bonhomía me mira con los ojos fijos pero ciertos como miran los toros en la dehesa. Impone su seguridad en todo lo que dice. Y tiene una sonrisa entre sentencia y travesura de niño, con fogonazos geniales de verborrea con los que va aliñando la conversación en unas sillas que parecen sacadas de una auténtica casa de gente del campo andaluz. «Regresar aquí es regresar a mi infancia, a muchos recuerdos, olores y sabores», que Gómez asocia a un momento epifánico con su madre encalando y a él llegándole a la piel el blanco sobre negro de las salpicaduras. Y esos tendederos de ropa que eran cuadros vivientes, evoca.
Sus primeros años entre El Coronil y Morón tienen el eco de la guitarra de Diego, de Paco de Amparo y se acuerda de Joselero y su prima Juana Amaya y tantos nombres célebres que le corren por las venas. Es su verso, su pincel. «Aunque yo nunca supe tocar nada, ni cantar. Soy un gitano raro. Mi padre me decía qué sabía hacer y yo solo andaba con mis garabatos y ni un galgo le pude dibujar», afirma.
Luego me cuenta la historia de cómo conoció a su mujer en un avión que partía de Mallorca e iba a la Feria de Málaga. Y cómo ese enamoramiento repentino le cambió la vida al entrar en contacto con una de las familias más señaladas en el mundo del arte catalán, la del abuelo ceramista Llorens Artigas y la madre de su mujer, Mariette. Otra grande. «Me tuvieron castigado diez años aprendiendo hasta que tuve mi sitio. Aprendí también que la pintura es un negocio. Algo que no te enseñan en Bellas Artes. Y que hay que destronar a los viejos». Y ahora sus éxitos hablan por él. Ya no tiene prisa por demostrar nada. Se le nota.
En 2012 recibió el Premio Nacional del Instituto de Cultura Gitana por su trayectoria como pintor y en Italia en 2013 el Amico Rom en la categoría de pintura y escultura. Ha mostrado también recientemente sus abstractas obras en Bienal de Arte de Venecia y la prestigiosa galería Kai Dikhas de Berlín. «El arte es matemáticas puras», «no soy un pintor de boceto», «sueño con las obras», «todo trazo es una evasión», «busco la sorpresa y que transmita», «la profundidad es muy importante». Y por encima de todo me deja claro que lo mejor que le ha pasado en su vuelta a Sevilla es que ha compuesto un cuadro gigante con niños gitanos de Lastresmil. Verlos embardurnarse las manos de pintura y que le digan que quieren ser como él dice que no está pagado. Y me lo creo.
Repite casi de despedida el mantra picassiano como secreto de su éxito: «hay que trabajar, trabajar y trabajar» y yo me lo apunto bien adentro para todos esos desahogados que siguen asociando la pereza o la picaresca preferentemente a lo gitano. Con el boli ya guardao me esboza su sueño: «Ya es hora de que Sevilla tenga un cartel anunciador de un gitano sevillano, ¿no?». Le digo que sí, que ya es hora, y pienso en lo mucho que ganaría Sevilla teniendo a más artistas gitanos de otras disciplinas que no fueran el flamenco en sus calles, plazas, museos o bibliotecas. El futuro está por escribir. Ojalá y tenga los ojos ilusionados de Manolo Gómez Romero. Viva su caos.

Exposición: Viva el caos.
Autor. Manolo Gómez.
Lugar: Factoría Cultural de Sevilla. Sala de exposiciones.
Calle Luis Ortiz Muñoz, C. Arquitecto José Galnares, s/n, 41013 Sevilla
De lunes a viernes de 10 a 14 y de 17 a 20 horas. Entrada libre.
Valoración: *****
Ramon Solsona Figols
Publicado en 11:39h, 10 abrilImpresionante artista, impresionante obra, però por encima de todo, impresionante persona. Los catalanes les debemos mucho al pueblo gitano ya que llegaron a Catalunya para sumar. En Perpinyà son el unico colectivo que utilitza el catalan como única llengua de comunicacion (se ha preserva do gracias a ells) y en el principado trajeron nurstra (su) rumba catalana, el Flamenco, mucho vocabulario y ahora Manolo nos trae su arte pictorico, escultural y su bondad. Un millon de gracias!!
Francis Mármol
Publicado en 23:59h, 21 abrilGracias por escribir palabras tan sentidas.