12 Abr La sonrisa de Rocío Molina es puro Calentamiento
foto Paco Lobato
Calificación: *****
Hay algo diferencial en el nuevo espectáculo de Rocío Molina que tiene que ver con esas ganas de reírse de ella misma y de paso de su profesión. Creo que ese es el punto que convierte a Calentamiento en otro de los grandes espectáculos en la ya de por sí espectacular y exitosa carrera artística de la bailaora malagueña. Lo digo con conocimiento de causa pues la he visto desde su opera prima: El eterno retorno y aunque siempre la he disfrutado parecía algo inmersa en cavilaciones escénicas muy oscuras.
Y sí, digo bailaora porque sin bailar más canónicamente en este espectáculo deconstruye su oficio por dentro, en la técnica, en los tópicos, en el trasfondo… En tantas cosas. Y de paso, entre risas o silencios prolongados, nos interpela sobre el estrés, la muerte, la exigencia de la vida moderna, de la forma física, de lo femenino… Ha nacido una gran intérprete teatral, anuncio.
Y comienzo por destacar lo de que proyecta su lado cómico -sin perder la trascendencia, repito- porque ha sido verla mucho tirada por los suelos como le espeta el Oruco en mitad de su interpretación. Y como un buen día me dijo un amigo guitarrista, «necesitamos reírnos y pasárnoslo bien» y, desde luego, vaya que si lo consigue con esta excusa de mostrarnos el making off o la tramoya de su creación. Este desnudo total de su espíritu y de esa niña que anida en ella de forma clamorosa, traviesa y ufana como un poético clavel rojo en primavera.
Tuve la suerte de verla esta mañana en su tercer lleno consecutivo en el Teatro Central de Sevilla. No es esto nada fácil. A una hora intempestiva de domingo, la expectación era máxima. Allí estaba el público más variopinto, desde el punky, al samuray, sus habituales japonesas y sus peñistas de nuevo cuño. Ella ya cuenta con una legión mundial de fans del flamenco pero ahora parece que la impulsan sobre un público más global y ajeno la anécdota de haber salido en la tele y de que Almodóvar se hubiera percatado de su existencia… Fíjate qué cosas, con más de veinte años que lleva de primera figura…
Sería una estupidez anotar que hay varios bailes interruptus por tal o cual palo, sobre todo hay un aporte continuo de su extrema dedicación física a su profesión, un alegato a su entrega por encima de todas las cosas y a su lucha con la gravedad. Aquí hay que apuntar otro acierto mayúsculo a Pablo Messiez, que ha sido su catalizador en la codirección escénica y de textos. En ellos nace una genial actriz que verbaliza sus miedos y sorpresas, nos cuenta sus secretos de escena con naturalidad y lo hace en base a un método que se popularizó en el Ulises de Joyce, el flujo o corriente de conciencia (stream of consciousness en inglés).
Así las cosas, nos asomamos a la mente de una creadora sin parangón que por momentos es zaherida en su interior por su cantaor habitual; El Oruco, que como buen gitano, en el papel cómico del flamenco de pelo en pecho, le recrimina que no baile por derecho. No había hoy críticos de gafas gordas entre el público. Ella, como respuesta, dará saltos oníricos e histriónicos en bailes de music hall o algo parecido para desprenderse de esa Molina flamenca que la atenaza pero de la que sabe huir sin perder la esencia.
La cosa va derivando a escenas cada vez más salvajes, dolorosas y cacofónicas -La Molina toca incluso la batería- con el elenco de chicas que le acompañan prisioneras en una urna festiva, que bien pudiera ser un cuarto de cabales posmoderno con sus neones y to, donde suenan a gloria Ana Polanco, Ana Salazar, María del Tango y Gara Hernández. Necesarias para sus coreografías del fin del mundo. La mujer encapsulada como siempre.
La cosa se desencadena y va hacia un precipicio creativo que es algo parecido a una metáfora interior de la mente de la veleña. Ruedan sillas y baila con varias de ellas suspendidas sobre sus extremidades. Duele mirarla. Ahí apresa ese dolor que ocasiona en el poeta su lucha por agarrar lo inefable. Mientras el público alucina y no sabe si lo que comerá después se le atragantará por tanta herida física que le parece estar viendo.
Calentamiento acaba por eclosionar en un final de rumbas lolailas de regusto Motown que recuerda a Caída del cielo. Buena elección del Niño de Elche, que sabe que en las fronteras habita el verso más libérrimo. Es de nuevo esa vuelta al éxito de Rocío Molina en su Eterno retorno perpetuo. Aunque esta vez tuviera a su madre llorando a sus pies en esa despedida interminable. Verdadera anécdota almodovariana.
Teatro Central de Sevilla. 12 de abril de 2026.
Lleno.
DIRECCIÓN, COREOGRAFÍA Y BAILE ROCÍO MOLINA EN ESCENA ANA POLANCO, ANA SALAZAR, MARÍA DEL TANGO, GARA HERNÁNDEZ, JOSÉ MANUEL RAMOS “ORUCO” CODIRECCIÓN Y TEXTOS PABLO MESSIEZ DIRECCIÓN MUSICAL “NIÑO DE ELCHE” DISEÑO DE ILUMINACIÓN CARLOS MARQUERIE COLABORACIÓN ESCÉNICA CABO SAN ROQUE COPRODUCTORES CENTRO DANZA MATADERO CDM, THÉÂTRE DE NÎMES – SCÈNE CONVENTIONNÉE D´INTÉRÊT NATIONAL ART ET CRÉATION – DANSE CONTEMPORAINE, FESTIVAL DE DANSE CANNES-CÔTE D´AZUR FRANCE, CHAILLOT THÉÂTRE NATIONAL DE LA DANSE, BAYONNE – SCÈNE NATIONALE SUD AQUITAIN, THÉÂTRE D´ORLÉANS / SCÈNE NATIONALE
ES UN PROYECTO EN COLABORACIÓN CON: TEATRE LLIURE, AGENCIA ANDALUZA DE INSTITUCIONES CULTURALES. CONSEJERÍA DE CULTURA Y DEPORTE. JUNTA DE ANDALUCÍA E INAEM
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