Alfa después de Omega

Starlite acierta de pleno al darle cabida a una apuesta arriesgada pero que salió ganadora en el resultado artístico con un Kiki Morente espléndido y unos enérgicos Lagartija en la difícil revisitación del clásico vanguardista de lo jondo.

Kiki Morente se proyectó como estrella rutilante del flamenco la noche del sábado en Starlite con un regalo heredado llamado Omega. Hace precisamente veinte años que se subió a las tablas de un teatro marbellí para cantar adelante, en un bautismo sufrido, y decir a la afición flamenca aquí estoy yo. Lo hacía entonces para reivindicar que tenía su propia voz y cuño. Muchos le restaron gravedad al asunto pensando que solo eran reminiscencias aprendidas a la sombra del cantaor más culto que haya dado el flamenco en sus dos siglos y medio de vida; Enrique Morente Cotelo. Pero no. Kiki Morente pese a los detractores ha parido junto a Lagartija Nick un Omega para el recuerdo en el treinta aniversario de una gamberrada maravillosa que suena a fin del mundo lorquiano como siempre. Tan digno como el primero.

Todos los aficionados al flamenco fruncían el cejo cuando se comentó que la revisión del clásico del rupturismo jondo iba a tener su estreno andaluz en Starlite. Todo el mundo pensaba que jet set y Morente rock era un encuentro extraño. Pero la cita no defraudó. El espacio regaló una acústica y una atmósfera futurista rodeada de la gran piedra de la cantera que por momento aplastó como un buen barrenero principal el druida de todo: Eric Jiménez a la batería.

La mayoría del público, ajeno al flamenco, asistió atónito a un invento que puede catalogarse como el mejor mejunje lisérgico que mezcla sonidos jondos y eléctricos jamás pensado. Para quitarse de en medio la primera bandera musical Manhattan nos hizo ver a los descreídos que la fusión seguía funcionando y que Kiki sonreía. Era la señal del Alfa abriéndose en los cielos tormentosos de un final de agosto tras el Omega. Federico y Enrique en un palco VIP muy muy alto dando el ok.

Al que escribe se le erizó el vello con los primeros acordes. Era lo mismo pero no era lo mismo. Enrique no lo hubiera hecho mejor. Nunca se repetía. Sonaron un par de temas más y la Aurora de Nueva York nos recordó que todo parte de una crisis existencial de Lorca en Nueva York, al que no le fascinaron los rascacielos más que sus negros de Harlem o esa siniestra cara del capitalismo salvaje de Wall Street, parecía una broma macabra en medio de la nueva Babilonia.

Israel Galván salió a escena para recordarnos que pese a los resbalones de un suelo poco dado a taconeos ultraistas, él es la mejor manera de cantar al vanguardismo de este álbum y que mejor rima con el Morente más travieso. Kiki mientras fue demostrando que estaba en forma, cuajado de galones y de posse rockera. Hasta en los andares se parecía a su padre yéndose a camerinos.

En una ocasión sorprendió el cante de Antonio Arias y todos tuvimos claro que Omega era Alfa y la esencia creativa dominaba el escenario. Muy poco igual pero lo mismo. Sonaba cojonudo todo. Se fueron despiezando las muestras y uno pensaba entre tanto escote comprometido y socios de honor de la Buchinger la música estaba convirtiéndonos a todos en hijos de un mismo eclipse eterno.

El pastor bobo y Quién te escribirá canciones de amor pensando que en unas horas el barranco de Viznar tendrá al fantasma nunca desenterrado bailando entre letraheridos. Se escuchaba por soleá «un árbol de sangre riega la mañana» y la parte flamenca del encuentro relucía como un amanecer en la Huerta de San Vicente. Qué buen servicio al conjunto de los flamencos y los coros. Mención especial para el guitarrista Nano del Amalio que tenía la difícil tarea de interpretar a Vicente Amigo y Tomatito.

La parte final se fue encendiendo más y más y sonó la toná de «estando en el calabosito» que llenó de negrura la cueva y traía una queja de siglos de todos los justos que fueron ajusticiados, sometidos. Uno de los cénit llegó, a renglón seguido, con Omega, «tengo un guante de mercurio y otro de seda, y otro de seda». Parecía resucitar la pieza. El público atornillado comenzó a desentumecer sus huesos y a levantar las manos. Se venía un final apoteósico. La piscina de Cocoon a pleno rendimiento. Nadie creía que la magia podía surgir. Pero la sonrisa continua del chamán hijo certificaba que la química estaba funcionando.

El hombre moderno y sus cuitas apareció en Asesinado por el cielo (Vuelta de paseo) en el que Federico ya anticipó la revolución de las máquinas (IA) y la desolación del incendio global sobre el planeta. Era un fuego la cantera. Apocalipsis now en Nagüeles. La raza contra la máquina en forma de canción. Zack de la Rosa podría cantarla pero no mejor que Kiki.

Como para bajar de la nube, Kiki y Antonio Arias se sacaron de la manga una toma de tierra rollo dylaniano del Aleluya de Leonardico que fascinó a todos. Por momentos parecía Woodstock 69 aquello, con lo difícil que era la performance. Y la cosa se encaminó al final; con la aparición estelar de un delgadísimo Miguel Poveda que tiene una garganta con la que hacer todo tipo de giros y requiebros imposibles en el Vals vienés del mismo Cohen de la Alhambra.

Con una divertida «esta no es manera de decir adiós» todo el grupo nos fue enseñando la puerta de salida y la bajada de un viaje muy bien conseguido al centro de una de las obras musicales más importantes del siglo XX. Gratamente sorprendidos nos despedimos de un Omega que nos enseñó que siempre que se ciña a la naturaleza gamberra y punki de su concepción es un camino gozoso de reencuentro con Lorca y con Morente-Lagartija.

Texto: Francis Mármol. Fotos; Victoria de Lara.

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