08 Sep ‘El ser querido’ y no tan amado
Valoración: *****
La nueva película de Rodrigo Sorogoyen abunda en las relaciones paternofiliales, con un Javier Bardem que borda de nuevo la interpretación más poliédrica y compleja.
El cine español sigue dando muestras de querer ser más internacional y eterno. No hay año ya sin un ramillete de películas que merezcan ir a los Oscar por pura calidad. Lejos quedan los tiempos del repetitivo guerracivilismo y de la españolada en el lógico encuentro de nuestro país con la modernidad o con el diván de su pasado (quizá volvamos a él tal y como está el patio). Pero una vez que la nueva generación de cineastas se han desentendido de viejos tópicos y mira sin complejos la difícil tarea de contar historias universales nos damos de bruces con casos como el de Rodrigo Sorogoyen, que vive en estado de gracia y que igual mira lo sociológico territorial (As Bestas) que la familia como motivo de sus películas, como es el caso.
La cuestión es que ‘El ser querido’ podría catalogarse como una película global pues como todo buen producto habla de algo que atraviesa el planeta, si cabe más en las sociedades donde la familia es una institución todavía relevante, aunque en deconstrucción. En este caso, Javier Bardem interpreta magistralmente a un director de cine español, con residencia en EEUU y oscarizado, y con un pasado tumultuoso, en el que tuvo una hija (Victoria Luengo) a la que desatendió para ofrecerse en cuerpo y alma a su tarea de rodar. Ahora pretende darle un papel en su nueva película, que le trae de vuelta a España, para retomar esa relación pero como podéis sospechar no será nada fácil el reencuentro.
Quizá habría que decir que hay unos primerísimos primeros planos de la escena del comienzo en el que ambos padre e hija se encuentran por primera vez en un restaurante que merecen el pago de la entrada. Las miradas, los gestos, las palabras medidas son realmente tensas dentro de la necesidad de recobrar el cariño. Trabajo de orfebrería actoral y técnico en los movimientos de cámara y encuadres.
Que nadie espere acción trepidante porque no la hay. Todo discurre en un rodaje que ofrece además la opción de ir evaluando esa relación de hija actriz, que perdió la relación con su padre y ahora le cuesta. Y un padre que vivió de excesos en su juventud y ahora quiere arreglar lo que está roto… Aquí el motor de la cinta.
La película sirve también para ver al cine hablar del cine, de lo que ocurre detrás de la cámara, en los rodajes con un enfant terrible a los mandos, y de cómo se montan las ficciones, mientras otras ficciones discurren fuera de cámara. Donde la vida no puede esperar el corten y los finales no son siempre felices.
Un diez también para Victoria Luengo que tiene el mejor rostro y la mejor fisonomía del cine español para mostrar un drama interior que se ceba con el individuo. Para mostrar el dolor de perder un padre en carne propia.
La peli, entre los tiras y aflojas lógicos de padre e hija que quieren conocerse o al menos llevarse bien, aprovecha para hablar mucho de sentimientos como el perdón, la egolatría, la ternura, el éxito, el remordimiento, la rebeldía, las drogas… Y también de la dureza del cine en situaciones laborales complicadas donde toca amotinarse, por ejemplo, ante el déspota. Algo más extendido de lo que nos creemos.
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